A fuego lento

Vivimos en un hoy en el que para cualquier cosa ya es tarde, hasta el punto en el que si nos descuidamos, mañana también será tarde. La tecnología nos ha facilitado el optimizar muchas tareas pero su doble filo nos ha hiperconectado de tal manera que hay que estar siempre en el ruedo; paradójicamente para todo lo que se esconde tras la pantalla: nuestro correo, nuestro whatsapp, nuestras redes sociales, nuestra oficina… Y de ahí que corramos como locos para querer estar en todas partes intentando ser más rápidos cuando lo que somos es más torpes debido a la prisa. 

Y entre esa prisa que nos hace saltar de una hora a otra como pollos sin cabeza se asoman ellos: ¡nuestros hijos! Que no entienden de prisas, ni de horarios ni de calendarios. Que nos frenan los pies para contarnos la batalla del día. Que cuelan sus dibujos en nuestras agendas y sus llamadas entre reuniones. Que sus sonrisas son tan poderosas como para parar el mundo. Y lo paran, y ya no importa el segundero…a la vez que nos enseñan que todo lo importante en esta vida se cuece a fuego lento. Sin entender ni de prisas, ni de horarios ni de calendarios.

Macarena Mauricio

Venga vamos

No hay nada peor que estar enfadado. Por el motivo que sea pero sobre todo “porque sí”. Una vez intenté hacerle gracias a una niña que se me enfadó y cuando ya iba a reír, recordó “¡eh, que estoy enfadada!” y mantuvo su rostro severo como pudo.

Gabriela Keselman refleja en su cuento Cinco enfados los muchos motivos que tienen los niños para enfadarse. Y para desenfadarse. Al final vuelven a estar contentos también “porque sí”. A los niños les gusta este libro de palabras y frases acertadas que quedan en la memoria.

Enfadarse es un lío porque el final hay que desenfadarse. Lo que un niño hace «simplemente»,  a un mayor le resulta complicado porque no se ‘autoperdona’. Por eso al final no hay más remedio que “porque sí” y porque estar enfadado agota. Ni siquiera vale para educar.

Para corregir a un niño no es necesario enojarse. Basta mostrar un teatral disgusto. No es fácil, claro. Pero si se practica puede mejorarse. Como lo logran las mamás que se recriminan con lo de “es que estoy siempre riñendo”. Saben en el fondo que esa riña educa porque no es una bronca. Es aliento, apoyo, referencia. Es el “¡venga, vamos, vamos!” del entrenador que grita desde la banda durante todo el partido. Y al que final sacan en hombros por haberles dado la victoria.

Estefanía Laya

Inspirateachers

Profesora de 1º Primaria en una gran ciudad gallega. Empezó en septiembre con 14 alumnos, de los que ninguno sabía leer. Y hoy ya tiene 21 y de 9 nacionalidades porque le van llegando. Refugiados, inmigrantes ucranianos, asiáticos, sirios, un africano al que han matado a su padre, gitanos. No hablan español. Me dice que está encantada, que todo va bien. Que los niños quieren aprender y aprenden. 

«¿Y acaban sabiendo leer?» Me mira asombrada y sonriente como diciendo ‘eso qué importa’. “Algunos han superado pruebas más importantes ya en su corta vida… ¡tranquilo!”, me dice. “Busco que sean felices y motivarles algo más. La última visita del inspector me pilló haciendo un pulpo ‘a feira’ en clase con los niños. Lo pasaron genial”. ¿Y tienes cocina? “Me llevo un hornillo al aula”.

“He cosido unas cortinas con unas telas que tenía por ahí, porque me horrorizaban las persianas. Ahora es más humana. También me hice una ‘jaima’ para las reuniones de la clase. Nos metemos todos y hablamos”.

‘Te puedes comprar un mueble con ruedas para una bibiioteca’, le dice uno. “Nada, contesta, esos valen 300 euros. Les he hecho una biblioteca con cajas de fruta. Y un programa de huerto escolar que les chifla. No puedo pedir dinero a los padres para una excursión, pero me los llevo igual a un museo cercano a la playa… y luego playa”.

Con estas personas te encuentras en algunos foros que buscan seguir inspirando a profesores que inspiran a sus alumnos y que nos inspiran a sus compañeros. Felices por sacar a sus alumnos adelante con una sonrisa.

Adrianey Arana

Mujeres

La pesadilla de los padres de Caroline y Leia el pasado fin de semana fue larga. Ambas hermanas de 8 y 5 años estuvieron perdidas durante 44 horas en una zona boscosa al norte de California. Dos noches de lluvia y frío intenso. El Sheriff de Humboldt montó un operativo de película para encontrarlas (también en twitter con sus fotos). Unos bomberos que rastrearon como indios las huellas de sus botitas a lo largo de casi 3 km las encontraron al final. Estaban bien, pero con hambre y frío. Sólo habían comido una barrtita de cereales. “Sanas y salvas, pero con buen humor”.

«Es todo un milagro. Es un territorio agreste, un ambiente extremo. Es increíble que hayan permanecido 44 horas ahí fuera», declaró el jefe de policía. Piensa que el entrenamiento de supervivencia al aire libre que Leia y Caroline recibieron en su club 4H, ha podido ayudar a que las pequeñas resistiesen. 

Aunque yo veo 4 explicaciones posibles a este final feliz: 
1.  haberse apuntado a una «extraescolar» que no era parchís ni taller de ipad
2.  los niños no necesitan que sus padres les lleven la mochila o como mochila hasta la puerta del aula ni les desteten a los 3 años
3.  eran mujeres, o sea, como mi madre y mis hermanas, y mi tía y mis primas y muchas niñas que conozco
4.  todas las anteriores

Que cada uno elija la que más le guste.

Adrianey Arana

Érase una vez

Los niños tienen miedo a ser devorados. Si con la mano en forma de boca les dices que les vas a comer, pegan un gritito, se asustan y escapan. Realmente disfrutan con el placer del peligro. Si a Caperucita y a Hamsel y Gretel se los comen… hay suspense. 

Quieren que les cuentes un cuento sobre eso. Que se lo cuenten sus papás, abuelas, tías y madrinas en el calor del hogar donde pase lo que pase en el cuento, no pasa nada, porque están arropaditos en casa.

Lo que quieren en que «tú» se lo cuentes. Que hagas los gestos. Que repitas frases. Que inventes algo… A veces le pregunto a los niños: ¿leemos el cuento todos juntos, os lo pongo en youtube o queréis que os lo cuente? «¡Que lo cuentes!» Lo viven. Dickens reconocía haberse querido casar con Caperucita Roja.
Maria Tatar, profesora de Harvard, dice que todos creemos saber esas historias, pero somos incapaces de contarlas en su momento, por lo que hay leerlas para saber terminarlas y conseguir un final feliz para nosotros y nuestros hijos. Algo más que «érase una vez».

Estefanía Laya

La risa importa

A veces juego con los niños a estar serios. El que ríe, pierde. O el que me haga reír gana. Sus recursos para provocar la risa, a veces imparable, me asombran. No es una terapia, es un “momento educativo”…. y tal.

Cuando un niño me hace una broma, le hago caso. Y si me hace reír de verdad, le pongo un 10. Me sorprende. Ha hecho algo inteligente. No vale reírse de los demás. Hay que reírse con los demás. Basta y doy por válida una sonrisa.

En el estudio «La risa importa», publicado por el Instituto Nacional de Salud norteamericano, los científicos demuestran que, incluso a la temprana edad de 6 meses, los niños se ríen de las mismas cosas que sus padres.

“El humor –dicen estos doctores– es un tema sorprendentemente serio con una amplia gama de implicaciones para el desarrollo. El humor implica procesos cognitivos bastante complejos… en particular la capacidad de reconocer y resolver la incongruencia”. Muy apropiado para lo que les va a tocar en la vida.

Adrianey Arana

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